La política y el gremio descansan en lo íntimo
Hablar de la participación gremial de Trabajo Social en el escenario político supone reconocer que no basta con aludir a la voluntad individual de los profesionales ni a una simple falta de organización. La raíz del problema es honda y se encuentra en la tensión entre determinantes externos (estructuras históricas, políticas y económicas) y determinantes internos (subjetividades, identidades y condiciones materiales de vida) que, en conjunto, condicionan los límites de su incidencia.
El funcionamiento del mercado permea con su énfasis en la competencia y el rendimiento individual, y ha configurado un accionar que promueve la atomización social y debilita la cohesión gremial. La lógica mercantil penetra en la legislación, en las políticas públicas y en las instituciones, delimitando el poder de los gremios y relegando lo colectivo a un segundo plano. Así, lo que predomina no es la articulación de intereses comunes, sino la capacidad de cada individuo para sostenerse en un entorno competitivo. Lo que resulta en profesionales aislados, con una baja capacidad de incidencia en la formulación de políticas públicas, invisibilizados incluso en marcos normativos de su propio campo.
Este vacío de acción gremial no puede desprenderse de la dimensión subjetiva, pues el Trabajo Social no actúa solo como profesional, sino como una persona atravesada por ideologías, sesgos y experiencias emocionales. La sociofenomenología aquí nos permite fundamentar que las opiniones y decisiones no son hechos aislados, sino que se gestan desde horizontes sociales compartidos, mientras que la neurofenomenología explica cómo nuestra biología encarnada refuerza narrativas identitarias que, frente a la contraevidencia, se resisten fuertemente al cambio. Así, incluso dentro de la esfera pública, predominan intereses identitarios sobre estipulaciones del bien común, debilitando la capacidad de construir proyectos colectivos coherentes.
En este marco, la profesión y el gremio cargan con una paradoja –a mi parecer– teórico/práctica; mientras su dimensión ética y política busca promover la justicia social, sus integrantes (como cualquier ser humano) se ven condicionados por intereses personales, contextos laborales y limitaciones ideológicas. En otras palabras, el ideal gremial confronta la contingencia de las condiciones estructurales y las condicionantes psicosociales que dan forma a la realidad.
Por ello, más que lamentar la escasa participación política de los gremios de Trabajo Social, resulta necesario reconocer esta tensión como el punto de partida de cualquier transformación. La falta de cohesión no es un fracaso moral, sino la expresión de estructuras históricas y subjetividades que nos determinan. Y ante ese reconocimiento se podrá emerger una participación gremial que no se reduzca a un ejercicio testimonial, sino que logre incidir de manera efectiva en las políticas públicas y en la disputa por la justicia social.
