Gestión de residuos en Educación Superior: cuando la sostenibilidad se convierte en capacidad institucional

Gestión de residuos en Educación Superior: cuando la sostenibilidad se convierte en capacidad institucional

Durante años, la conversación sobre sostenibilidad en Educación Superior estuvo centrada principalmente en el discurso, las declaraciones institucionales y la incorporación conceptual de estos temas en la formación académica. Sin embargo, el escenario actual exige algo distinto: capacidad de implementación.

Hoy las universidades no solo son evaluadas por la calidad de su docencia, investigación o vinculación con el medio, sino también por su capacidad de gestionar responsablemente su impacto ambiental y social. Y en ese contexto, la gestión de residuos se ha transformado en uno de los desafíos más visibles —y también más complejos— para las instituciones de Educación Superior.

La generación de residuos dentro de los campus universitarios es permanente y diversa. Involucra hábitos cotidianos, procesos administrativos, actividades académicas, servicios de alimentación, laboratorios y múltiples dinámicas operacionales. Por lo mismo, abordar esta problemática requiere mucho más que instalar puntos limpios o impulsar campañas aisladas.

Requiere gobernanza.

Porque gestionar residuos de manera efectiva implica construir sistemas: definir responsabilidades, establecer trazabilidad, generar métricas, formar capacidades internas y sostener procesos de mejora continua. Implica pasar desde acciones fragmentadas hacia modelos institucionales capaces de integrar operación, cultura organizacional y toma de decisiones.

Ese tránsito es especialmente relevante en las universidades.

Las instituciones de Educación Superior tienen una responsabilidad particular en la sociedad. No solo forman profesionales; también modelan prácticas, criterios y formas de relacionarse con el entorno. La manera en que una universidad gestiona sus recursos, su energía o sus residuos comunica tanto como sus planes de estudio.

En este escenario, avanzar en sistemas de gestión ambiental robustos comienza a transformarse también en un factor de posicionamiento institucional.

La experiencia reciente del Segundo Acuerdo de Producción Limpia para instituciones de Educación Superior es una señal clara de ello. Participaron 29 instituciones a nivel nacional y solo una parte logró alcanzar el nivel avanzado con cumplimiento auditado total. Esto evidencia que los estándares exigidos hoy en sostenibilidad requieren capacidades institucionales reales y sostenidas en el tiempo.

La Universidad Bernardo O’Higgins ha entendido este desafío desde una mirada estructural.

La implementación de un Sistema de Gestión Integral de Residuos forma parte de un proceso más amplio que incorpora gobernanza ambiental, medición de impactos, eficiencia energética, autogeneración fotovoltaica, carbono neutralidad y certificaciones de sostenibilidad.

No se trata de iniciativas desconectadas entre sí. Se trata de construir una Universidad capaz de integrar la sostenibilidad en su operación y proyectarla como parte de su desarrollo institucional.

Y eso es particularmente relevante en un contexto donde las políticas públicas, los sistemas de acreditación y las propias comunidades universitarias están elevando sus exigencias.

Hoy ya no basta con declarar compromiso ambiental. Las instituciones deben demostrar capacidad para implementar, medir y sostener resultados.

Ese es probablemente uno de los cambios más importantes que estamos viendo en Educación Superior: la sostenibilidad deja de ser un elemento accesorio y comienza a convertirse en una capacidad estratégica.

La gestión de residuos es una parte de ese proceso, pero también es una señal.

Una señal de cómo una institución entiende su responsabilidad, organiza sus prioridades y proyecta su relación con el entorno.

Porque finalmente, la sostenibilidad institucional no se construye desde acciones aisladas, sino desde sistemas capaces de sostener coherencia en el tiempo.

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